Investigadores daneses asignaron de forma aleatoria
160 pacientes (edad media, 55 años) con diabetes tipo 2 y microalbuminuria
a recibir, a partir de 1992, una de estas dos intervenciones. Un grupo tuvo
un tratamiento intensivo con programas de dieta y ejercicio físico, cursos
para dejar de fumar, aspirina, IECA o ARA II y algoritmos con objetivos específicos
del tratamiento para hemoglobina glicosilada, tensión arterial y niveles
lipídicos; estos pacientes pudieron consultar de forma individual, un
equipo multidisciplinario cada tres meses, de promedio. El otro grupo recibió
el tratamiento convencional con objetivos terapéuticos menos restrictivos,
en función de las recomendaciones danesas vigentes en 1988. Durante un
seguimiento medio de ocho años, el criterio combinado de valoración
principal (muerte cardiovascular, infarto de miocardio no mortal, intervención
coronaria invasiva, accidente cerebrovascular no mortal, amputación o
cirugía vascular periférica) se contabilizó en el 24% del
grupo intensivo y e el 44% del grupo convencional (diferencia significativa).
El grupo de tratamiento intensivo también experimento menores tasas de
neuropatía, retinopatía y neuropatía autónoma.
Estos resultados confirman que una intervención
intensa que se centre en varios factores de riesgo y que sea responsabilidad
de un equipo asistencial específico, puede prevenir o demorar las complicaciones
en pacientes con diabetes tipo 2. El reto es cómo concebir un sistema
de asistencia sanitaria capaz de proponer este tipo de intervención a
grandes grupos de diabéticos.